Mujeres Verdaderas

"Un buen vino es el que susurra verdades a tu paladar"Holidays

A veces las verdades no susurran, pegan gritos, especialmente cuando las negamos. Aunque darle la espalda a la verdad sea lo más -incómodamente- confortable en esta vida. 

Cuando empecé a escribir este texto quería hablar de las verdades que otros no ven, de las verdades que sólo se le susurran a quien se cola entre las etiquetas, de las verdades que somos. En el interin -como en la vida- hubo tormenta electrica, mentiras, jazz y velas, hubo rendición sin resignación, hubo agua, aire y sudor. Y cambié el sujeto. 

-"Nena, no me digas que no, pero sobre todo no te digas que no a ti"

Y es así como en una frase acabas con el carnaval de la mente y prendes la luz para verte desnuda en el espejo. Sólo entonces, la uva maderosa y añeja te pinta la lengua dejando vetas, como todo. Hasta para las verdades hay que sincerarse.

Sí, hay quienes no ven, pero para reconocer a esos tenemos que vernos. Al final el que no ve sigue derecho, pero nosotros aquí estaremos una y otra vez, preguntándonos ¿por qué?.

Y toma el pan para remojarlo en la salsa -sin saber qué fue de la etiqueta-, y tomas cerveza de la botella porque sabes que en vaso se calienta más rápido -sin saber qué fue de la moralidad-,  y ya no importa como se vea, sino como se sienta. 

Mujeres Verdaderas
Soy de la generación del "hecho a mano", de los lobos caza sueños, de los que se arriesgan, de los que hacen... Soy mujer, de las que nos atrevemos a ser como somos -antes que nada o después de todo, depende del karma-, o de las que nos buscamos y nos encontramos. Y sí, tenemos un "tema", una lista de "must have", un "to do" verdugo del tiempo, un juramento hipocrático contra el vacío, la superficialidad y lo común -oh si ¡lo común!-, un pacto de sangre con la esencia, un batallón -activo- antisociedad, un veneno ponzañoso contra las poses, un rencor familiar con las peluquerías, una queja silenciosa con la(s) iglesias,  un contrato prenupcial con la cocina, un "entre ceja y ceja" con la sobreexposición de la vida, un amor prohibido con el amor, una obligación con lo diferente... Un vainero, tenemos un vainero.

A veces -muy frecuentemente- se nos olvidan las comas y los espacios en medio del "vainero". Se nos olvidan las verdades detrás de las generaciones, se nos olvida la piel, se nos asfixian los poros. Y se nos hace más fácil decir que son los otros los que no lo ven, olvidándonos también de aceptarnos. Aceptarnos más allá de saber el inventario, aceptarnos de verdad, perdonándonos por lo que somos -dicen que así es más fácil perdonar al otro. 

Y recuerdo entonces un post que leí este año, un llamado descarnado de una mujer que sabe que no es la mujer de él -no de momento o no para siempre-, un llamado donde le describe, a él, una mujer de verdad para que se enamore, entregándole el "must" de una mujer que ha evolucionado, de una mujer que vale la pena -la pena de ella, la de nosotras, especialmente.

No hay un adn de la mujer verdadera -uno- hay tantos como nosotras. Pero sí hay un patrón genético. La mujer verdadera se dejó de mariqueras, de las mariqueras feministas, de las mariqueras puritanas. Anda en tacones o en flats, porque sabe que los zapatos son accesorios que no le restan ni le suman altura. En fin, que sabe integrar lo femenino con la femeneidad, lo femenino con el coraje de ser ella antes que ser de otro, lo femenino con la libertad, lo fememino con la autonomía. Lo suyo con lo de él.

Aquí es donde como intérpretes, coprotagonistas o espectadores de esta mujer, nos olvidamos de todo lo que somos, lo que es ella, quedándonos en arquetipos vintage y, como se dice en cristiano, jodiendo sin necesidad. 

La libertad, la madurez, la valentía, no excluyen la sensibilidad. La responsabilidad, la honestidad, la visión neutra no dejan de un lado los sueños. La originalidad y lo contracorriente, no suprimen las ganas de que te acaricien el cuello. La determinación de ser tú no le resta placer a perderte en su mirada, a robarle sonrisas, a quedártelas. La autonomía no se lleva las mariposas de ese momento en el que te toma la mano, pero sobre todo, no quita la raíz de querer ceder la estabilidad de tus huesos a un arrebato que te pegue a su cuerpo con la fuerza de su deseo....

La verdad de lo que somos, de lo que decidimos ser estas mujeres, con emprendimientos, con ideas propias, con chequeras orgullosas, con pasaportes inquietos, con olfato turco, con imperfeccionismos perfectos, con softwares de exigencias, con estilo sin moda de uniforme... No nos quita el sentir a través de la luna. No nos quita la posibilidad de que nos burlen la seguridad con detalles, con palabras, con postres, con besos. Y lo que tenemos que saber -antes de exigir que los demás lo sepan/valoren/protejan-, es que está bien. Está bien ser real, está bien que entren por la puerta de atrás y nos desordenen el proyecto. Está bien que la verdad de lo inesperado nos arrebate el aliento, nos haga olvidar las claves, nos haga cerrar los ojos pensando ¿cómo pasó esto?. Está bien, porque si está mal, si entraron por complejo de hacker puberto, tenemos una vida y una forma de vivirla. Si algo tenemos es que -a pesar del drama indoor- sabemos respirar profundo, hacer toddy, escribir y volver a ordenar... 

No, no somos perfectas, pero quizás somos algo mejor, somos verdaderas. 









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